Noticias sobre la Compasión en Chile

Desde hace ya largo rato que el clima político y social en Chile y también en el resto del globo, se ve agitado y crea la sensación ambiente entre las personas que las cosas, contrario a los deseos de la mayoría, pueden empeorar y claro, como siempre, ese empeoramiento de la situación se haría más cruel y cierto en aquellas personas que se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad.

Las teorías de construcción política comienzan desde el supuesto que la actividad humana por excelencia, esta es, la capacidad de vivir juntos es una especie de competencia en la que necesariamente deben haber ganadores (siempre los menos) y perdedores (siempre los más). También existen algunos esfuerzos de la más diversa índole: religiosos, políticos, filosóficos, etc., que buscan un modelo de acción en las relaciones humanas que suponga el caso contrario, esto es, que en la competencia por los recursos en una sociedad termine haciendo que los más sean quienes se beneficien y los menos, los que sufran. De esta idea inicial correctiva de la vida en común humana es que nacen instituciones modernas y no tanto, como el Estado, la participación social e incluso la idea de los partidos políticos, las ONGs y las organizaciones internacionales.

Tengo la convicción racional y espiritual que a través de la revitalización de acciones basadas en la compasión aplicada a todos los campos de acción humana, podrían tender un puente entre la idea de la competencia (juegos de suma cero) y la situación de bienestar general progresivo y sostenible (juegos de suma positiva o win-win). Sobre esto quisiera dedicar algunos párrafos.

Existe una buena noticia respecto de la Compasión y la Regla de Oro: No hagas a otro lo que no quieras que a ti te hagan son una cosa estupenda.  Y es todavía mejor que exista un movimiento global que insiste en el fortalecimiento de esta regla de oro e idea de la compasión que es común a casi todas las grandes religiones, filosofías y escuela s de pensamiento y de la moral.

La buena noticia es que no es sólo un asunto religioso o meramente especulativo sino que la propia naturaleza (incluida la naturaleza humana) incluye este principio en su composición desde siempre. Pero claro, una vez que comprendemos el sentido en el que están incorporadas en la naturaleza humana la regla de oro y la idea de la compasión, nos damos cuenta de que no basta con simplemente afirmar la compasión y la regla de oro. Es sólo un paso inicial y hay mucho por  hacer de ahí en adelante.

La ciencia afirma que es probable que en la evolución humana, incluso antes de la existencia del homo sapiens, sentimientos como la compasión, el amor y la simpatía ya estuvieran presentes en la memoria genética a través de lo que se ha llamado selección por parentesco. La idea básica de la selección de parentesco es que si un animal siente compasión por un familiar cercano, y esta compasión hace que el animal ayude al familiar, al final la compasión termina ayudando a los genes que “memorizan” a la compasión misma. Por tanto, visto desde una perspectiva evolutiva, la compasión es en realidad una manera en que los genes se ayudan a sí mismos.

Claro, esta explicación darwiniana de la compasión puede sonar algo egoísta. Esa es la mala noticia. La buena noticia es que la compasión es natural. La mala noticia es que esta compasión seleccionada por parentesco está restringida de manera natural a la familia o los grupos más cercanos y afines.

Pero existe una segunda buena noticia. Un elemento importante respecto a la Compasión Natural del ser humano es el “altruismo recíproco” Aquí la idea básica es que la compasión nos lleva a hacer el bien por personas que luego harán lo mismo por nosotros.

La mayoría de nosotros nos sentimos muy tristes si algo malo le ocurre a un familiar o a un amigo pero nuestro grado de empatía, esto es, de la capacidad de condolernos o ponernos en los zapatos de otros, baja si se trata de las noticias obre la hambruna en el Cuerno de África o las víctimas diarias de los conflictos en Irak, Pakistán o incluso más cercanamente de las víctimas del conflicto Mapuche. Esta es otra historia de buenas y malas noticias, sería bueno que la compasión se extendiera más allá de la familia y amigos gracias a este tipo de lógica evolutiva. Lo malo es que de esto no se deriva por sí misma una compasión universal. Así que queda mucho trabajo por hacer.

Esas son las buenas noticias. Es posible afirmar que la Compasión y el respeto por la regla de oro podrían tener no sólo una base religiosa o especulativa sino también biológica, o sea, podemos hallar fácilmente una actitud básica compasiva en todas las personas, lo que me hace afirmar que no solamente en el plano espiritual es posible obtener una conducta compasiva sino que la Compasión y la regla de oro ejecutable a través de la capacidad de ponernos en los zapatos del OTRO antes de actuar, es decir, la empatía son elementos a incorporar en la vida diaria tanto en acciones pequeñas como lo haría un boy scout o las personas de fe pero también la Compasión puede y debe estar presente en la esfera de las decisiones que nos afectan a todos como son la aplicación de la ley, la construcción de las normas jurídicas y el gobierno de los estados y toda comunidad. Puesto en una frase, la Compasión debe tener un rol crucial en la política.

Quisiera parafrasear a los rabinos y los primeros padres de la Iglesia que decían que cualquier interpretación de las escrituras que provocara odio y discriminación era ilegítima. Necesitamos revitalizar ese espíritu. Y esto no sucederá simplemente porque una ráfaga del espíritu del amor pase junto a nosotros. Por el contrario, necesitamos incorporar una lectura compasiva a la legislación, a la aplicación de ésta a los planes y programas de Gobierno, a la forma de constituir la política actual. Qué diferente sería una relación entre Estado y Pueblo mapuche basado en la compasión no por las tierras o los bienes sino en el respeto hacia las personas, de todas partes o cuánta diferencia habría si el diálogo entre estudiantes y gobierno tuviera cuotas de compasión y empatía de cada uno hacia el otro; si las órdenes hacia las fuerzas de seguridad fueran basadas en comprender y a los que se manifiestan por un mejor futuro incluso para su propios hijos e hijas o bien cuál sería el grado de progreso y desarrollo y si la legislación buscara proteger y condolerse con las personas que no poseen tantos bienes y capital como para influir en el voto o elección de una autoridad.

La participación social y ciudadana se basa en corregir aquellas formas de hacer de la vida pública de los asuntos públicos un lugar más amable y más justo para compartir, para derribar el interés de uno por el interés y bienestar comunitario. Esta es la mala noticia. Si han puesto atención, nuestro país y en general el globo dista mucho de acercarse a esta certeza científica, la de la compasión estructural genética humana y, por el contrario, a pesar de que una apreciación de la regla de oro es natural, también es natural imaginar excepciones para la regla de oro.

Por ejemplo, seguramente ninguno de nosotros desea ir a prisión, pero todos pensamos que algunas personas deben ir a prisión. ¿Cierto? Creemos y tenemos razones para eso. Decimos que hicieron cosas malas que justifican esa condena. Tenemos la capacidad de forjar excepciones y poner personas en categorías especiales. Y el problema es que, aunque en el caso de enviar personas a la cárcel hemos imaginado y tratado de construir un poder judicial imparcial que determine a quién se excluye de la regla de oro; en la vida cotidiana, tomamos decidimos a quiénes no vamos a tratar con la regla de oro con una fórmula más laxa y menos precisa, que básicamente se reduce a la tesis amigo-enemigo (juego de suma cero), si no formas parte de mi red más íntima, estaré mucho menos inclinado a aplicarte la regla de oro.

Es así como actuamos en la generalidad de los casos debido a que nuestra red de afectos o conocidos e s más estrecha que la totalidad de personas que viven en nuestra ciudad, nuestro país o que la humanidad en su conjunto. Los estudiantes excluyen de la regla de oro a las autoridades, las autoridades a los estudiantes, mapuches, etc. Por tanto la sola existencia más o menos natural de la regla de oro de la compasión en los humanos, por sí misma, no salvará el mundo. Hay trabajo por hacer.

Hay todavía una buena noticia más. Esta es que la historia ha ampliado de manera natural las redes de afectividad (juegos de suma positiva, win-win), estas redes que pueden actuar como canales para la compasión. En un mundo globalizado al estado antiguo, al imperio y ahora donde estamos nosotros: en un mundo globalizado. La historia de la globalización es en buena medida una historia de suma positiva, desde el descubrimiento del fuego hasta el gobierno 2.0. La interdependencia cultural, económica, de información actual, que lleva a cambiar las percepciones e interpretaciones del otro es una buena esperanza para la compasión.

Pero si hay tantos juegos de suma positiva debido a la interdependencia provocada por la globalización  ¿por qué el mundo no está aún imbuido de amor, paz y comprensión? La respuesta es complicada, pero ocurre que  muchas veces las personas no reconocen la dinámica de suma positiva que hay en el mundo.  Creo que en esto los políticos pueden desempeñar un papel fundamental

En efecto, los políticos pueden ayudar a fomentar relaciones de suma positiva (win-win, interdependencia), el vínculo económico, político, etc. generalmente es mejor que los bloqueos y otras cosas por el estilo. La psicología humana actúa usando señales como: ¿Sentimos que se nos está respetando? Porque, históricamente, si alguien no se siente respetado probablemente no terminará en una relación de suma positiva, mutuamente provechosa, con otras personas. Debemos ser conscientes del tipo de señales que damos al mundo. Y parte de esto pertenece al ámbito del trabajo político.

Si existe algo que puede colaborar con este objetivo es lo que siempre llamo expandir el campo de lo posible, extender la empatía, la capacidad de ponerse en los zapatos del otro para extender también la compasión. Claro no basta con la empatía pero nos conduce por el camino apropiado. Pero me temo que, aquí, tenemos de nuevo una historia con buenas y malas noticias, y es que la imaginación moral es parte de la naturaleza humana. Eso es bueno, pero, de nuevo, tendemos a manifestarlo selectivamente en nuestra red más íntima. La clave es entonces, siempre ampliar el campo de lo posible, la interdependencia en todos los ámbitos de la vida. En ello, la política social, ciudadana y partidista juega jugar un rol fundamental.

Una vez que declaramos a alguien como adversario, contrario o enemigo (suma cero), será un ejercicio vano el tratar de ponernos en sus zapatos, y esto es algo natural. Tomemos un caso particularmente difícil: una persona conservadora ve por TV a una persona mapuche en Temucuicui quemando una bandera chilena. El conservador promedio se resistirá a hacer el ejercicio moral de ponerse en el lugar de esa persona y rechazará la idea de que, en efecto, tiene mucho en común con esa persona. Y si les dicen a ellos, que se explica el acto porque buena parte del pueblo mapuche piensa que el estado de Chile vulnera sus derechos ancestrales y los irrespeta y que quiere dominarlos, y ellos, entonces, odian al Estado de Chile. Pues en este ejercicio ambos bandos rechazarán esa comparación y eso es natural, es humano. El mapuche que quema una bandera no querrá comprender al conservador que le grita por TV y busca una armería para cazarle mientras el conservador seguirá odiando al Mapuche porque quema la bandera patria símbolo del mayor respeto desde su perspectiva.

Pues bien, quisiera sintetizar lo que he dicho en lo que concierne a la compasión y la regla de oro, diciendo que es una buena noticia que la compasión y la regla de oro estén en cierto sentido incorporadas en la naturaleza humana. Pero que es desafortunado que se manifiesten inicialmente de forma selectiva en la red más cercana de las personas solamente. La buena noticia es que la interdependencia que generan los procesos de interacción e intercambio de información, económica, política, cultural, social, etc., permiten abrir espacios a la empatía y expandir las posibilidades de que la compasión habite en la mayor cantidad de relaciones humanas fundamentalmente en las políticas que es donde se juega el 70% del partido llamado ¿Podemos Vivir Juntos?  Transformar esta situación de base nos tomará un gran trabajo. Pero nunca nadie dijo que hacer el trabajo de los dioses sería sencillo. Confucio decía: aplica el principio de no hacer a otro lo que no quieras que a ti te hagan todos los días y todo el día. Actuar con compasión, hace muy difícil volver de nuevo, sin pensárnoslo dos veces, a una actitud egoísta hacia el Otro.

Las dos ausentes del debate en Chile

Chile vive hoy momentos de agitación; unos dicen que del orden público, otras y otros dirán que del orden social. Movimientos, reuniones, enfrentamientos (siempre en iniquidad de armas) hay en las calles de Santiago, regiones, en las tierras de los pueblos originarios y hasta en los pasillos de las sedes gubernamentales donde abundan la mirada angustiada y seria, el entrecejo fruncido y la falta de tacto para entregar una cuña televisiva que siempre, dice poco y dice mal.

En todo este ajetreo de dimes y diretes, hay dos hermanas ausentes del debate sobre las problemáticas que afectan a las personas que viven en Chile hoy: la compasión y la empatía, ambas forman parte de lo que llamamos principios universales, es decir, aquellas certezas que compartimos como humanas y humanos por todo el orbe, sin importar mucho más que el simple hecho de haber nacido vivos.

Palabras grandes y pequeñitas, comprensibles a veces, y ni por asomo vistas, las más. Estas dos hermanitas palabras sostienen un asunto sencillo: no hacer a otro u otra aquello que no queremos nos hagan a nosotros mismos; y para cumplir con ello es necesario en la vida pública y en la privada abstenerse de causar dolor de manera sistemática y categórica, actuar o hablar de manera violenta, obrar con mala intención, manejarse priorizando el interés personal, explotar o denegar los derechos básicos e incitar al odio denigrando a los otros –aunque a esos otros les llamemos adversarios y juremos odiarlos como yo a las serpientes– pues insistir en estos actos, niega nuestra humanidad.

Pero aquí estamos, enarbolando palabras que dividen, que no nos dejan acertar; palabras como vencer, dominar, prohibir o exigir y en nombre de estas otras palabras infringimos pilares básicos que responden a la pregunta ¿Podemos vivir juntos? En esto, todas y todos hemos fallado, incrementando en muchos casos, con nuestras acciones la capacidad de causar dolor.

Es cierto. Debemos  garantizar a los niños y jóvenes protección y contención porque la necesitan siempre; una información y formación positiva y respetuosa sobre otras lecturas que sobre lo que creemos bueno, valioso, justo o bello de la vida tengan otras personas, más aún, la que poseen aquellos que consideramos enemigos.

Son muchas las necesidades y los sueños de las personas y curiosamente, no muy diferentes aún si vivimos en Antofagasta (Chile), Sao Paulo (Brasil) o Mogadiscio (Somalia). Las madres refugiadas a pocos metros del hambre y las enfermedades esperan para sus hijas e hijos lo mismo que las que se sientan en un consultorio de provincia en el sur de Chile: sobrevivir, darles un techo, alimento diario, una educación que les permita esquivar la pobreza y esperar que la vida de toda la comunidad mejore con la contribución de estos hijos que cuidan y aman.

Estoy seguro que las demandas sociales en Santiago de Chile, en Londres, Atenas o Siria tienen que ver con esos pequeños grandes sueños y, al mismo tiempo, pongo siempre en duda las oscuras intenciones que se achacan mutuamente gobernantes y las multitudes movilizadas, como si se tratara de un juego en escalada de quién da más el que, al final del día, resigna la co-creación, la solidaridad y el desarrollo humano. Nadie opta, siento, por el servicio público para infringir mal a otros; el problema es que el egoísmo y la vanidad llevan a  acometer errores que dañan la libertad, los derechos y hasta la vida de muchas y muchos.

No puedo entender que existan buenos y malos, pero sí es comprensible que hayan perseguidos y perseguidores. Y cuesta tanto poder comprender sus motivos, los de quien persigue, en un inicio, pero a poco rascar ves cómo los policías golpean, forcejean y disparan sin comprender a su víctima, confiando que su actuar lo respalde un instructivo o una norma y lo presiona un salario que cobrar para ir a casa y besar a sus hijos que quizás en el futuro, también tendrán que salir a la calle a marchar por los derechos de su padre anciano y vulnerable. Esta vulnerabilidad, no es otra cosa que la contingencia de no ser escuchado cuando tienes algo que decir, que pedir porque te falta, que luchar porque ya nadie quiere entenderse a la buena. Una vulnerabilidad que delata la injusticia social.

Igual cosa ocurre con los lactantes, los más pequeños y tal vez la insignia de lo vulnerable y excluido del debate en Chile y el mundo. La ausencia de sus madres y padres en los periodos más importantes en la formación de su cerebro, su cuerpo y su espíritu, es decir ese tiempo en el que aprendemos el afecto, es una crueldad en la que colaboramos todos también mientras seguimos fomentando un sistema económico que privilegia el sobreendeudamiento por encima del ahorro aún en las familias más pobres; una ética laboral en la que el trabajar más horas fuera de casa genera status e impresión de eficiencia y éxito aún a costa del desapego con los hijos, desentendimiento y lejanía entre las parejas y falta del descanso que repone fuerzas e inteligencia para resolver esos grandes problemas a los que estamos todas y todos a aportar.

Hoy nuestra carencia está en dejar sin voz a las dos hermanas compasión y empatía. Aprender la empatía como aprendemos himnos, ideologías y operaciones aritméticas es un desafío para cada una y cada uno de nosotros. Aprender la empatía como función básica para entender nuestro entorno, ponerse en los zapatos, en el lugar del otro antes de enjuiciar o fulminar anatema una conducta. Sonreír es un acto reflejo que realizamos incluso dentro del útero materno; es una acción 80% más fácil de realizar muscularmente que fruncir el ceño, tanto así que cuando sonríes es, según estudios, 86% más probable que te respondan con el mismo acto, una simple sonrisa pueda cambiar el mundo.

La compasión, como gemela de la empatía, nos impulsa a trabajar para aliviar el sufrimiento de nuestros semejantes, nos ayuda a entregar dulcemente pero con firmeza nuestro mensaje y nuestra opinión, buscando aportar en el debate público, o sea, para colaborar en dar soluciones acerca de las cosas que nos importan a todos. Asimismo, la compasión permite tender los puentes faltantes para el diálogo, el entendimiento y la convivencia, deja atrás el egoísmo o la revancha y los transforma en espacios más amplios que los estrechos rumores o declaraciones públicas, para que cada una y cada uno de los interlocutores tenga la opción y la oportunidad de modificar las ideas, las acciones y decisiones del otro. La compasión entiende que no existe una sola verdad y que todas y todos podemos contribuir en su construcción, porque se asienta en la idea de que en un país, en un grupo humano nadie sobra y que si para que se cumpla tu felicidad debes pasar por sobre el trabajo, la casa, la educación o la  vida de otro entonces no puedes llamar a lo que aspiras felicidad; en otras palabras, la compasión nos dice que en este país cabemos todos o no cabe ningún dios.

Las personas, la ciudadanía, la gente o el pueblo busca de sus líderes la compasión para trabajar con solidaridad en la tarea de nivelar el camino a quienes se les hace cuesta arriba acceder a mejores estándares de vida y la empatía para que sepan ellos en sus oficinas adornadas que afuera el dolor existe, la necesidad es aguda y el hambre no es tan sólo una palabra grave. Los gobernantes, por su parte buscan la empatía de los electores para que sepan que no es fácil gobernar, que también les necesitan no sólo en el acto eleccionario sino en enterarse, en difundir una buena noticia y buscan a tientas -pero buscan al fin- la compasión de todas y todos para que no les dejen aislarse en una sola idea, una ideología, para que en palabras de un hombre bueno, sepan siempre nuestros gobernantes cuánto cuesta hacer un ojal.

En tiempos en que parece más permeable el ánimo de construir en muchas y muchos es urgente detenernos un instante y evaluar con más que cifras, slogans o cuñas televisivas lo que nos ocurre como personas, como país, como humanos.

Cuánto vale el sufrimiento de algunos tan cerca como los niños y niñas mapuche, el ayuno de adolescentes para ser escuchados, el ego de quienes toman decisiones para no sentarse y decir “quizás tenga razón, conversemos” o el hambre y dolor que sufren tantas y tantos en buena parte del continente africano. Cuánto deben marcar las  estadísticas o las encuestas para ponerse en los zapatos roídos de los más pobres, para construir casas que no se lluevan o se desmoronen antes del primer año; para entregar atención de salud que no se mida en calidad respecto al dinero que porte el enfermo, que se proteja a las víctimas haciendo que quienes delinquen paguen su deuda con trabajo y no solo enjaulados, excluidos y olvidados, potenciando la reincidencia; cuántas veces deben salir a desfilar pancartas, paraguas, remolinos y personas para que los que están en casa digan también es mi causa, mi hermano, mi familia grande la que está ahí y quiere más y mejor vida para todos.

La compasión y la empatía están ausentes de un debate que Chile y el planeta se merecen, por el simple hecho de estar vivos aquí y ahora, porque el futuro no espera a los que se sientan frente a la ventana o dialogan sólo con la red social. El camino hacia la vida buena necesita de un enfoque multicultural, pluralista y de tolerancia activa, elementos indispensables para la creación de una política, moral y economía justas y de una comunidad local y global pacífica y humana. A esto yo le llamo, siempre, ampliar el campo de lo posible.