Polibio y después Maquiavelo decían bien que las formas de organización del poder siempre engendran en sí mismas el germen de su propia desintegración. Nuestro país acaba de recordar uno de los episodios más amargos para todos los sectores del espectro político, social y cultural como es el 11 de Septiembre. Una de las anécdotas más recordadas de los procesos desencadenados desde ese día es la de las declaraciones del Contralor General de la República llamando a la tranquilidad de la población declarando, con tamaña ingenuidad, que los actos violentos de las FFAA no tendrían vigor legal al no tomarse razón de esos actos irregulares, ese ejemplo de ingenuidad o desconocimiento total del contexto y la realidad política del país son parecidos a las formas de actuación que desde hace poco tiempo ha tomado nuestra clase política: la desafección por la actividad política, la displicencia hacia la institucionalidad del Congreso frente a un Ejecutivo cada vez más “sin salida”, ganando sólo reyertas que le importan a las cámaras y los ministerios, mientras el Tribunal Constitucional actúa no como agente de derecho estricto sino como un sujeto revestido de autoridad política hacen presagiar la desintegración de la democracia como sistema antes que reforzarlo y peor aún, nadie se da cuenta que lo que se daña frente al pueblo siempre termina por hacerles apoyar cualquier ensayo de autoridad férrea echando por tierra, una vez más, cualquier sueño de República que tanto ha costado construir en 200 años.
Néstor Morales T.
Director Ejecutivo Observatorio DDHH