Néstor Morales T.
Siempre me he declarado un pesimista inocente, es decir, como los niños, aún conservo la capacidad de asombrarme cuando ocurre algo maravilloso, pero la experiencia de los pocos años se ha encargado de contarme siempre malos cuentos de la realidad que por mucho se acercan a una mala broma y las lágrimas y las frustraciones no más delatan a la vida como un túnel a veces sin salida. Y por esto se me ha criticado y hasta excomulgado de muchos lugares y sueños. Hay todavía quienes sostienen sin repetir ni equivocarse que ser pesimista o peor: escéptico no es otra cosa que un achaque de la vejez, cuestión de viejo chico, una esclerosis de la voluntad, ese instante maldito en que la próstata comienza a ser nuestro nuevo corazón y lo cuidamos como si en verdad de ésta dependieran nuestras pulsiones.
Debo decir en favor de los derrotados optimistas, mis adversarios y cancerberos que su diagnóstico no es equivocado del todo, pero no puedo negar que sería un acto de prestidigitación intentar zafar de las crisis y malestares de la vida actual por la capota del mago de la vejez, como si el estado actual del mundo fuese simplemente consecuencia de que los viejos sean viejos… Las esperanzas de los jóvenes nunca han conseguido, al menos hasta hoy, construir un mundo mejor, y el esfuerzo de los viejos por conservarlo todo como está, nunca ha alcanzado tampoco para empeorarlo del todo.
Claro que nuestro mundo, pobre de él, no tiene la culpa de los males que padece. Lo que llamamos estado del mundo es el estado de la desgraciada humanidad que somos, como ha dicho saramago: “inevitablemente compuesta por viejos que fueron jóvenes, por jóvenes que serán viejos, por otros que no son jóvenes y todavía no son viejos”. ¿Culpas? Oigo decir que todos las tenemos, que nadie puede presumir inocencia, pero me parece que semejantes declaraciones, que aparentemente distribuyen justicia por igual (a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades), no son más que otro mordisco a la manzana del pecado original, que sólo sirven para diluir y ocultar, en una imaginaria culpa colectiva, las responsabilidades de los auténticos culpables.
Escribo esto un día en que han llegado a España e Italia cientos de hombres, mujeres y niños en las frágiles embarcaciones que suelen utilizar para alcanzar los supuestos paraísos de la rica Europa. A la isla del Hierro, en Canarias, por ejemplo, llegó un barco de esos, llevando dentro a un niño muerto, y algunos náufragos declararon que durante el viaje murieron y fueron arrojados al mar veinte compañeros de martirio… Con esto no es posible juzgar mal al escepticismo y no es de caballeros andar por ahí a cuestas con una alegría estadística propia de mis críticos y captores.
