Las dos ausentes del debate en Chile

Chile vive hoy momentos de agitación; unos dicen que del orden público, otras y otros dirán que del orden social. Movimientos, reuniones, enfrentamientos (siempre en iniquidad de armas) hay en las calles de Santiago, regiones, en las tierras de los pueblos originarios y hasta en los pasillos de las sedes gubernamentales donde abundan la mirada angustiada y seria, el entrecejo fruncido y la falta de tacto para entregar una cuña televisiva que siempre, dice poco y dice mal.

En todo este ajetreo de dimes y diretes, hay dos hermanas ausentes del debate sobre las problemáticas que afectan a las personas que viven en Chile hoy: la compasión y la empatía, ambas forman parte de lo que llamamos principios universales, es decir, aquellas certezas que compartimos como humanas y humanos por todo el orbe, sin importar mucho más que el simple hecho de haber nacido vivos.

Palabras grandes y pequeñitas, comprensibles a veces, y ni por asomo vistas, las más. Estas dos hermanitas palabras sostienen un asunto sencillo: no hacer a otro u otra aquello que no queremos nos hagan a nosotros mismos; y para cumplir con ello es necesario en la vida pública y en la privada abstenerse de causar dolor de manera sistemática y categórica, actuar o hablar de manera violenta, obrar con mala intención, manejarse priorizando el interés personal, explotar o denegar los derechos básicos e incitar al odio denigrando a los otros –aunque a esos otros les llamemos adversarios y juremos odiarlos como yo a las serpientes– pues insistir en estos actos, niega nuestra humanidad.

Pero aquí estamos, enarbolando palabras que dividen, que no nos dejan acertar; palabras como vencer, dominar, prohibir o exigir y en nombre de estas otras palabras infringimos pilares básicos que responden a la pregunta ¿Podemos vivir juntos? En esto, todas y todos hemos fallado, incrementando en muchos casos, con nuestras acciones la capacidad de causar dolor.

Es cierto. Debemos  garantizar a los niños y jóvenes protección y contención porque la necesitan siempre; una información y formación positiva y respetuosa sobre otras lecturas que sobre lo que creemos bueno, valioso, justo o bello de la vida tengan otras personas, más aún, la que poseen aquellos que consideramos enemigos.

Son muchas las necesidades y los sueños de las personas y curiosamente, no muy diferentes aún si vivimos en Antofagasta (Chile), Sao Paulo (Brasil) o Mogadiscio (Somalia). Las madres refugiadas a pocos metros del hambre y las enfermedades esperan para sus hijas e hijos lo mismo que las que se sientan en un consultorio de provincia en el sur de Chile: sobrevivir, darles un techo, alimento diario, una educación que les permita esquivar la pobreza y esperar que la vida de toda la comunidad mejore con la contribución de estos hijos que cuidan y aman.

Estoy seguro que las demandas sociales en Santiago de Chile, en Londres, Atenas o Siria tienen que ver con esos pequeños grandes sueños y, al mismo tiempo, pongo siempre en duda las oscuras intenciones que se achacan mutuamente gobernantes y las multitudes movilizadas, como si se tratara de un juego en escalada de quién da más el que, al final del día, resigna la co-creación, la solidaridad y el desarrollo humano. Nadie opta, siento, por el servicio público para infringir mal a otros; el problema es que el egoísmo y la vanidad llevan a  acometer errores que dañan la libertad, los derechos y hasta la vida de muchas y muchos.

No puedo entender que existan buenos y malos, pero sí es comprensible que hayan perseguidos y perseguidores. Y cuesta tanto poder comprender sus motivos, los de quien persigue, en un inicio, pero a poco rascar ves cómo los policías golpean, forcejean y disparan sin comprender a su víctima, confiando que su actuar lo respalde un instructivo o una norma y lo presiona un salario que cobrar para ir a casa y besar a sus hijos que quizás en el futuro, también tendrán que salir a la calle a marchar por los derechos de su padre anciano y vulnerable. Esta vulnerabilidad, no es otra cosa que la contingencia de no ser escuchado cuando tienes algo que decir, que pedir porque te falta, que luchar porque ya nadie quiere entenderse a la buena. Una vulnerabilidad que delata la injusticia social.

Igual cosa ocurre con los lactantes, los más pequeños y tal vez la insignia de lo vulnerable y excluido del debate en Chile y el mundo. La ausencia de sus madres y padres en los periodos más importantes en la formación de su cerebro, su cuerpo y su espíritu, es decir ese tiempo en el que aprendemos el afecto, es una crueldad en la que colaboramos todos también mientras seguimos fomentando un sistema económico que privilegia el sobreendeudamiento por encima del ahorro aún en las familias más pobres; una ética laboral en la que el trabajar más horas fuera de casa genera status e impresión de eficiencia y éxito aún a costa del desapego con los hijos, desentendimiento y lejanía entre las parejas y falta del descanso que repone fuerzas e inteligencia para resolver esos grandes problemas a los que estamos todas y todos a aportar.

Hoy nuestra carencia está en dejar sin voz a las dos hermanas compasión y empatía. Aprender la empatía como aprendemos himnos, ideologías y operaciones aritméticas es un desafío para cada una y cada uno de nosotros. Aprender la empatía como función básica para entender nuestro entorno, ponerse en los zapatos, en el lugar del otro antes de enjuiciar o fulminar anatema una conducta. Sonreír es un acto reflejo que realizamos incluso dentro del útero materno; es una acción 80% más fácil de realizar muscularmente que fruncir el ceño, tanto así que cuando sonríes es, según estudios, 86% más probable que te respondan con el mismo acto, una simple sonrisa pueda cambiar el mundo.

La compasión, como gemela de la empatía, nos impulsa a trabajar para aliviar el sufrimiento de nuestros semejantes, nos ayuda a entregar dulcemente pero con firmeza nuestro mensaje y nuestra opinión, buscando aportar en el debate público, o sea, para colaborar en dar soluciones acerca de las cosas que nos importan a todos. Asimismo, la compasión permite tender los puentes faltantes para el diálogo, el entendimiento y la convivencia, deja atrás el egoísmo o la revancha y los transforma en espacios más amplios que los estrechos rumores o declaraciones públicas, para que cada una y cada uno de los interlocutores tenga la opción y la oportunidad de modificar las ideas, las acciones y decisiones del otro. La compasión entiende que no existe una sola verdad y que todas y todos podemos contribuir en su construcción, porque se asienta en la idea de que en un país, en un grupo humano nadie sobra y que si para que se cumpla tu felicidad debes pasar por sobre el trabajo, la casa, la educación o la  vida de otro entonces no puedes llamar a lo que aspiras felicidad; en otras palabras, la compasión nos dice que en este país cabemos todos o no cabe ningún dios.

Las personas, la ciudadanía, la gente o el pueblo busca de sus líderes la compasión para trabajar con solidaridad en la tarea de nivelar el camino a quienes se les hace cuesta arriba acceder a mejores estándares de vida y la empatía para que sepan ellos en sus oficinas adornadas que afuera el dolor existe, la necesidad es aguda y el hambre no es tan sólo una palabra grave. Los gobernantes, por su parte buscan la empatía de los electores para que sepan que no es fácil gobernar, que también les necesitan no sólo en el acto eleccionario sino en enterarse, en difundir una buena noticia y buscan a tientas -pero buscan al fin- la compasión de todas y todos para que no les dejen aislarse en una sola idea, una ideología, para que en palabras de un hombre bueno, sepan siempre nuestros gobernantes cuánto cuesta hacer un ojal.

En tiempos en que parece más permeable el ánimo de construir en muchas y muchos es urgente detenernos un instante y evaluar con más que cifras, slogans o cuñas televisivas lo que nos ocurre como personas, como país, como humanos.

Cuánto vale el sufrimiento de algunos tan cerca como los niños y niñas mapuche, el ayuno de adolescentes para ser escuchados, el ego de quienes toman decisiones para no sentarse y decir “quizás tenga razón, conversemos” o el hambre y dolor que sufren tantas y tantos en buena parte del continente africano. Cuánto deben marcar las  estadísticas o las encuestas para ponerse en los zapatos roídos de los más pobres, para construir casas que no se lluevan o se desmoronen antes del primer año; para entregar atención de salud que no se mida en calidad respecto al dinero que porte el enfermo, que se proteja a las víctimas haciendo que quienes delinquen paguen su deuda con trabajo y no solo enjaulados, excluidos y olvidados, potenciando la reincidencia; cuántas veces deben salir a desfilar pancartas, paraguas, remolinos y personas para que los que están en casa digan también es mi causa, mi hermano, mi familia grande la que está ahí y quiere más y mejor vida para todos.

La compasión y la empatía están ausentes de un debate que Chile y el planeta se merecen, por el simple hecho de estar vivos aquí y ahora, porque el futuro no espera a los que se sientan frente a la ventana o dialogan sólo con la red social. El camino hacia la vida buena necesita de un enfoque multicultural, pluralista y de tolerancia activa, elementos indispensables para la creación de una política, moral y economía justas y de una comunidad local y global pacífica y humana. A esto yo le llamo, siempre, ampliar el campo de lo posible.

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